“Vestigios”
El arte no pide permiso para ser testimonio: simplemente lo es. Aun cuando nace del impulso íntimo, de la contemplación o del deseo estético, termina convirtiéndose en una memoria que desafía al olvido. Las obras, incluso las más silenciosas, resguardan la presencia de quienes el mundo intenta borrar; devuelven rostro a la sombra, nombre a la cifra, dignidad a aquello que la barbarie pretende reducir a escombro. En tiempos como estos, cuando Palestina arde bajo un cielo que parece no distinguir entre vida y ruina, el arte adquiere un filo político inevitable: es el gesto que se niega a aceptar que la tragedia sea normalidad; la voz que insiste en nombrar lo inaceptable, aun cuando otros callan o relativizan.
Porque ante la violencia sistemática —sea estatal, militar o ideológica— toda creación se vuelve resistencia. El artista, enfrentado a la devastación, siente entonces un llamado moral: registrar aquello que duele, aquello que atraviesa y desgarra. No para embellecer el horror, sino para impedir que éste se convierta en paisaje. No para competir con la crudeza de la noticia, sino para superar su frialdad y recordar que cada cuerpo perdido fue un mundo.
No es un vestigio de un número, 30.000, 50.000, 67.000; que da cuenta del número de víctimas, cuya muerte anónima bajo los escombros, significa un doble asesinato, el físico y el de la memoria, Es el vestigio de vidas truncadas prematuramente. Es un rastro de la vida de quienes cayeron en medio de una guerra fratricida, como lo son todas las guerras sin importar los bandos en contienda; vestigios que dan cuenta de la pequeña Jalima quien caminaba con los zapatos que quedaron sobre el polvo; de Nour, la niña dulce que se cubría con el vestido que le fue quitado para atenderla; de Fátima, la infantil soñadora que dejó de recuerdo la chaqueta con la que iba hacia su escuela cuando la sorprendió la caída de una bomba; de Maryam, la bebe de brazos que estaba cubierta con la cobija de la que sólo quedaron los retazos, y tantos otras y otros a quienes debemos darles nombre para recuperar su dignidad, su condición humana.
Ellas no son estadísticas. Son pulsos cesados por decisiones políticas, por cálculos de poder, por la indiferencia internacional que convierte la injusticia en trámite diplomático. Frente a esa violencia estructural, el arte no puede ser neutral. Sería cómplice. El artista que mira y calla pierde su propia humanidad.
Por eso, cada obra que deja constancia de estas vidas es un acto de desobediencia al olvido. Es una acusación contra quienes permitieron la masacre, un lamento que busca romper la coraza de quienes se acostumbraron al dolor ajeno, un recordatorio de que la dignidad humana no puede ser negociada ni sacrificada en nombre de ninguna geopolítica.
El arte se convierte así en una forma de justicia: precaria, sí, pero imprescindible. Una justicia que no revive a nadie, pero que rescata del anonimato a quienes el mundo declaró prescindibles. Una justicia que devuelve a estas niñas —y a tantas otras y otros cuyos nombres desconocemos— el derecho elemental a ser recordados como seres únicos, no como márgenes de un conteo.
OBRAS
Artista plástica con más de tres décadas de trayectoria, formada en la Universidad Nacional de Colombia con énfasis en pintura. Desde mi formación en Bellas Artes, he buscado integrar la investigación plástica con un compromiso social y educativo que atraviesa toda mi práctica. Mi obra articula procesos artísticos, conceptuales y pedagógicos vinculados al arte público, las instalaciones, los performances y los trabajos efímeros, muchos de ellos orientados a temas políticos y territoriales.
La participación en diversos salones incluido el XXXVII Salón Nacional de Artistas, donde recibí el Primer Premio como miembro del Grupo Nómada, “Ve con tus pasos” e “Instalación en espacio público” consolidó mi interés por desarrollar obras que dialoguen con el espectador y lo involucren como parte activa de la experiencia artística.
He realizado exposiciones individuales y colectivas en escenarios regionales, nacionales y he desarrollado proyectos comunitarios, talleres con niños, habitantes de calle y procesos participativos en instituciones educativas y culturales, donde el arte se convierte en vehículo de memoria, diálogo social y conciencia ambiental.
En los últimos años, he creado esculturas e instalaciones que reflexionan sobre los polinizadores, la biodiversidad y la memoria colectiva, reafirmando el arte como un medio para pensar y construir en comunidad.





